Rebeca entró al cuarto de los niños con los ojos llenos de rabia.
—¡Por culpa de esa niña voy a perderlo todo! —gritó.
Sofía se escondió detrás de Mateo. La pequeña apenas podía respirar de tanto llorar.
Mateo tenía miedo. Le temblaban las manos. Pero se puso delante de su hermanita.
—¡No te acerques a ella! —le gritó—. ¡Déjala en paz!
Rebeca levantó el utensilio de cocina y dio un paso hacia ellos. Su bata color vino se movía mientras gritaba que Daniel solo amaba a esos niños.
Mateo abrazó a Sofía con fuerza.
—¡Primero tendrás que pasar por mí! —dijo entre lágrimas.
Sofía lloró todavía más fuerte. Le rogó a su hermano que no se moviera.
En ese momento, Daniel escuchó los gritos desde la escalera. Corrió desesperado por el pasillo y abrió la puerta de golpe.
Vio a Mateo protegiendo a Sofía.
Vio a Rebeca fuera de control.
Daniel apartó el utensilio de su mano y la empujó lejos de los niños. Rebeca cayó contra la pared y empezó a llorar, pero ya no parecía una víctima.
—¡Nunca vuelvas a acercarte a mis hijos! —rugió Daniel.
Mateo no soltaba a Sofía. Tenía la cara mojada por las lágrimas, pero seguía cubriéndola con su cuerpo.
Daniel se arrodilló frente a ellos. Los abrazó a los dos.
Entonces Rebeca sonrió.
Una sonrisa fría.
—¿Tus hijos? —susurró—. Pregúntale a tu esposa muerta quién era el verdadero padre de Sofía.
Daniel se quedó inmóvil.
Rebeca sacó un teléfono viejo de su bolsillo. Mostró mensajes antiguos de la madre de los niños. En ellos parecía haber una confesión.
Daniel sintió que todo su mundo se rompía.
Pero Mateo recordó algo.
La noche anterior había visto a Rebeca usando la computadora de Daniel. También la escuchó decir que “una mentira bien escrita puede destruir una familia”.
Daniel revisó el teléfono con calma. Los mensajes tenían fechas alteradas. Rebeca los había falsificado para sembrar dudas y quedarse con la casa.
La prueba de ADN confirmó la verdad.
Sofía era hija de Daniel.
Rebeca fue expulsada de la casa y perdió todo acceso a los niños.
Esa noche, Daniel entendió algo que jamás olvidaría:
Mateo no era solo un niño llorando.
Era el hermano que estuvo dispuesto a enfrentarse al miedo para salvar a Sofía.
